EEMPA 1037 “Mónica Chirife”. Lengua. Actividad 3 – 3° año “A” y “C”.
Profesor Sacco, Sebastián
Modalidad: Individual. Presentación: 29-9
-En
la actividad anterior vimos la estructura de la narración ficcional: tipos de
narradores, marco y secuencia de acciones. En esta actividad abordaremos un
tipo de cuento: el policial. Los cuentos modernos generalmente se clasifican en
realistas, fantásticos, maravillosos, de ciencia ficción y policiales. Hay que
aclarar que un cuento puede tener elementos de distintos tipos de cuentos; por
ejemplo, ser un policial de ciencia ficción. Además, hay diversas formas de
clasificar a los cuentos. Otras siguen un principio temático referido a lo
humorístico, el terror, etc.
En
esta oportunidad, nos vamos a enfocar en el cuento policial. Para comenzar,
lean con atención los siguientes textos:
Cuento
policial: narra hechos relacionados con la
investigación de un crimen; robo, desaparición, asesinato, etc. Generalmente,
su temática principal tiene que ver con la resolución de un enigma o misterio
asociado con lo delictivo, o bien, con la persecución de algún criminal.
Generalmente se habla de dos tipos de narraciones policiales, el policial
clásico y el policial negro.
El policial
clásico y el policial negro
Los orígenes del relato
policial pueden ubicarse en 1840, cuando el escritor estadounidense Edgar Allan
Poe (1809-1849) publica sus cuentos "Los crímenes de la calle
Morgue", "La carta robada" y " El misterio de Marie
Roget", que tienen como protagonista al detective Auguste Dupin. En estos
relatos, Poe establece las reglas básicas de lo que luego se llamó
"policial clásico o de "enigma". Los elementos típicos en estos
cuentos son:
a) Un crimen, del que
se desconoce quién, cómo y por qué lo cometió, y que se presenta como un enigma
irresoluble.
b) Un detective de inteligencia
destacada, que investiga y resuelve el caso a pedido de la policía. Con este
personaje colabora un fiel compañero, que escucha sus razonamientos y
deducciones.
c) Una serie de pistas o indicios,
aparentemente inconexos, que le sirven al detective para descubrir al
delincuente.
d) La resolución del misterio, la
identificación del culpable y la explicación, por parte del investigador, de
cómo llegó a la verdad.
Casi cincuenta años después de Poe, el
escocés Arthur Conan Doyle (1859-1930) crea la famosa dupla del detective
Sherlock Holmes y su ayudante, el doctor Watson, que protagonizan Estudio en escarlata (1887), la primera
de una larga y exitosa serie de novelas aún vigentes entre los lectores del
género.
Los detectives Dupin y Holmes reúnen
características que definen el estereotipo de investigador del policial
clásico, que reaparece a lo largo del siglo XX (por ejemplo, con Monsieur
Poirot, el personaje de la inglesa Agatha Christie). Estos personajes suelen
ser excéntricos, cultos y brillantes; se relacionan con la "alta
sociedad"; y toman la investigación como un reto a su inteligencia. Son
intelectuales que aplican métodos racionales, principios científicos y técnicas
modernas basadas en variados conocimientos.
Después de acudir a la escena del
crimen, observar los detalles, interrogar a los testigos y reunir evidencias,
estos detectives se retiran a su hogar a pensar y a relacionar las piezas de
información con que cuentan, o realizan diligencias incomprensibles para sus
ayudantes y para los lectores, pero que cobrarán sentido cuando expliquen cómo
resolvieron el caso. Ese aislamiento y la omnipotencia intelectual que
manifiestan, siempre les dan cierta inmunidad: el lector sabe que estos héroes
nunca corren peligro.
El
policial negro
A comienzos de la década de 1920, nace
en los Estados Unidos una corriente del género conocida como "policial
negro" o "duro". Algunos de los escritores más renombrados de
esta vertiente son Dashiell Hammett y Raymond Chandler, creadores de los personajes
de Sam Spade y Philip Marlowe, respectivamente. Este tipo de detectives se
diferencia de los del policial clásico en que vive de su trabajo y se lanza a
las calles: la investigación lo lleva por ámbitos sociales diversos; frecuenta
los bajos fondos y enfrenta engaños que ponen en peligro su vida. Suelen ser
ex policías en decadencia, que conocen los códigos del mundo del delito;
actúan basándose en la lealtad y son incorruptibles.
El policial negro no se
centra en el enigma en sí, sino en la representación de una sociedad corrupta y
de una compleja trama de intereses, poder y dinero, que opera detrás del
delito. Por eso, en estos relatos aumentan el suspenso y la incertidumbre: los
detectives no son infalibles y el lector no sabe qué ocurrirá con su héroe en
el siguiente capítulo, ya que, en ese mundo de violencia urbana, mafia y
complicidad de los poderosos, rige la ley del más fuerte.
El surgimiento del
policial negro se vincula a su contexto histórico y social. En la década de
1930, los Estados Unidos se vieron inmersos en una gran crisis económica y
social, a partir de la caída de la bolsa de Wall Street en 1929. La economía se
derrumbó y surgieron profundos conflictos sociales generados por la desocupación.
La "ley seca", que prohibía comercializar y consumir alcohol,
alimentó un mercado paralelo manejado por organizaciones criminales. Las mafias
disputaban verdaderas guerras por el dominio del negocio del alcohol, el juego,
las drogas y la prostitución, con la complicidad de parte del poder político y
policial.
Las historias del
policial negro hablan de una sociedad que perdió sus valores fundamentales y en
la que la ley fue reemplazada por los negocios turbios. En ese contexto, los
detectives ya no intentan restablecer el orden, sino simplemente hacer su
trabajo.
El policial negro tuvo
su auge en la década de 1930. Algunos de sus títulos clásicos son Cosecha roja (1929), de Dashiell
Hammett; El cartero llama dos veces
(1934), de James M. Cain; ¿Acaso no matan
a los caballos? (1935), de Horace Mac Coy, y El sueño eterno (1938), de Raymond Chandler.
Adaptación de: Autores varios; Cuentos
policiales argentinos - Antología; Colección Azulejos; Editorial Estrada;
Buenos Aires; 2006
1-¿Qué cuento, novela,
película o serie que hayas visto o leído pensás que puede catalogarse como
policial?
2-Realizá un cuadro
comparativo con la información principal de policial clásico y policial negro.
¿Cuál creés que es el tipo de cuento policial acorde a nuestra época? ¿Por qué?
3-Investigá sobre uno de estos autores de cuentos policiales sobre el
que te interese conocer más. Sintetiza en 6 líneas la información que
encuentres: Jorge Luis Borges / Agatha Christie / Raymond Chandler / Patricia Highsmith
3-Leé con atención los
siguientes cuentos y:
a-Identicá el crimen
cometido, el móvil (motivo o razón que dio lugar al crimen) y víctima.
b-En uno de los cuentos
no aparece la figura del detective: ¿en cuál? ¿Por qué te parece que no hay
detective?
-Estos cuentos están a continuación, pero
también los podés leer en:
“El crimen casi perfecto”: https://campus.ort.edu.ar/articulo/306268/el-crimen-casi-perfecto-de-roberto-arlt
“El marinero de Ámsterdam”: https://ciudadseva.com/texto/el-marinero-de-amsterdam/
El marinero de Ámsterdam
El bergantín holandés
Alkmaar volvía de Java cargado de especias y otras materias preciosas.
Hizo escala en Southampton y los marineros obtuvieron permiso para bajar a
tierra.
Uno
de ellos, Hendrijk Wersteeg, llevaba un mono sobre el hombro derecho, un
papagayo sobre el izquierdo y, en bandolera, un bulto de telas indias que
pensaba vender en la ciudad junto con los animales.
Era a comienzos de la primavera y la noche aún
caía temprano. Hendrijk Wersteeg marchaba a buen paso por las calles algo
neblinosas, que la luz de gas iluminaba apenas. El marinero pensaba en su
próximo regreso a Amsterdam, en su madre, a quien llevaba tres años sin ver, en
su novia, que lo aguardaba en Monikendam.
Calculaba
cuánto dinero le producirían los animales y las telas, y buscaba un comercio
donde pudiera vender esas mercancías exóticas.
En Above Bar Street, un
señor muy correcto lo detuvo para preguntarle si buscaba comprador para el
papagayo.
–Este pájaro –dijo– me vendría muy bien.
Necesito alguien que me hable sin que yo deba responderle, pues vivo solo.
Como la mayoría de los
marineros holandeses, Hendrijk Wersteeg hablaba inglés. Fijó un precio que el
desconocido aceptó.
–Sígame –dijo éste–. Mi
casa queda bastante lejos. Usted pondrá el papagayo en una jaula que tengo. Me
mostrará usted sus telas y quizás encuentre alguna de mi gusto.
Contento de su
inesperado éxito, Hendrijk Wersteeg siguió al gentleman, haciendo durante el
camino el elogio de su mono, que, decía, era una especie muy rara, cuyos
individuos se adaptan muy bien al clima de Inglaterra y que, además, se
encariñan con los amos.
Hendrijk Wersteeg dejó
al pronto de hablar. Estaba derrochando sus palabras, pues el desconocido no le
respondía y ni siquiera parecía escucharlo.
Continuaron caminando
en silencio. Nostálgicos de sus tropicales selvas natales, el mono –asustado
por la niebla– soltaba un gemido de niño recién nacido, y el papagayo batía las
alas.
Al cabo de una hora de
marcha, el desconocido dijo bruscamente:
–Nos estamos acercando
a mi casa.
Habían salido de la
ciudad. El camino estaba bordeado por grandes parques cercados por verjas. De
tanto en tanto, brillaban a través de los árboles las ventanas iluminadas de un
cottage; a ratos, en la lejanía, sonaba en el mar el grito siniestro de una
sirena.
El desconocido se
detuvo ante la reja, sacó una llave del bolsillo y abrió una puerta que volvió
a cerrar una vez que entró Hendrijk.
El marinero estaba
impresionado. Apenas distinguía en el fondo del jardín una casita de bastante
buen aspecto, pero cuyas persianas cerradas no dejaban filtrar ninguna luz.
El silencioso
desconocido, la casa sin vida, todo eso era bastante lúgubre. Pero Hendrijk
recordó que el desconocido vivía solo. Es un extravagante –pensó–. Y como un
marinero holandés no es lo bastante rico como para que alguien piense en
desvalijarlo, se avergonzó de sus temores.
*
–Si tiene usted fósforos, alúmbreme –dijo el
desconocido, introduciendo una llave en la cerradura de la puerta del cottage.
El marinero obedeció y, una vez adentro,
el desconocido trajo una lámpara que iluminó una sala amueblada con gusto.
Hendrijk Wersteeg estaba ahora
completamente tranquilo. Alimentaba la esperanza de que su extraño compañero le
compraría buena parte de sus telas.
El desconocido, que había salido de la
sala, volvió con una jaula:
–Ponga aquí el papagayo –dijo–. Sólo
cuando se haya domesticado y sepa decir lo que quiero que diga le pondré sobre
una percha.
Después
de cerrar la jaula, en la que el pájaro quedó azorado, pidió al marinero que
tomara la lámpara y pasara a la habitación vecina, donde había una mesa
apropiada para desplegar las telas.
Hendrijk obedeció y
entró en la habitación indicada. En seguida escuchó la puerta cerrarse tras él
y la llave que giraba en la cerradura. Estaba preso.
Confundido, dejó la
lámpara sobre la mesa y quiso arrojarse sobre la puerta para forzarla. Pero una
voz lo detuvo:
–¡Un paso más y es
hombre muerto, marinero!
Hendrijk levantó la
cabeza y vio, por un tragaluz que no había notado hasta entonces, el caño de un
revólver que lo apuntaba. Aterrorizado, se detuvo.
No había lucha posible:
su cuchillo de nada le servía en esa circunstancia, y aun un revólver le
hubiera resultado inútil. El desconocido, que lo tenía a su merced, se escondía
detrás del muro, a un costado del tragaluz, desde donde vigilaba al marinero y
por donde pasaba sólo la mano que empuñaba el revólver.
–Escuche
bien–dijo el desconocido– y obedezca. El forzado favor que usted me hará le
será recompensado. Pero usted no puede elegir. Deberá obedecerme sin chistar,
de lo contrario lo mataré como a un perro. Abra el cajón de la mesa... Hay un
revólver de seis tiros cargado con cinco balas. Tómelo.
El marinero holandés
obedecía casi inconscientemente. En su hombro, el mono lanzaba gritos de terror
y temblaba. El desconocido continuó:
–En el fondo del cuarto
hay una cortina. Córrala.
Descorrida la cortina,
Hendrijk vio una alcoba y en ella, sobre una cama, atada de pies y manos y
amordazada, una mujer lo miraba llena de desesperación.
–Desate a esa mujer y
quítele la mordaza–dijo el desconocido.
Ejecutada la orden, la
mujer, muy joven y de admirable belleza, se acercó al tragaluz y
arrodillándose, exclamó:
-Harry, esta es una
celada infame. Me has traído a esta casa para asesinarme. Fingiste haberla
alquilado para que pasáramos los primeros tiempos de nuestra reconciliación.
Pensaba haberte convencido. ¡Creía que finalmente estabas seguro de que nunca
he sido culpable! ¡Harry, Harry, soy inocente!
–No te creo –dijo
secamente el desconocido.
–¡Harry, soy inocente!
–repitió con estrangulada voz la joven dama.
–Son
tus últimas palabras; las guardo cuidadosamente y me las repetirán toda la vida
–la voz del desconocido tembló un instante, pero inmediatamente recobró
energías–. Te quiero todavía –agregó–; si te amara menos sería yo mismo quien
te mataría. Pero me resulta imposible porque te amo... Ahora, marinero, si
antes de que yo haya contado hasta diez usted no ha alojado una bala en la
cabeza de esta mujer, caerá muerto a sus pies. Uno, dos, tres...
Y antes que el
desconocido hubiera llegado al cuarto, Hendrijk, enloquecido, disparó sobre la
mujer que, siempre arrodillada, lo miraba fijamente. La víctima cayó de cara al
suelo: había recibido el tiro en la frente. Seguidamente, un segundo disparo
hecho desde el tragaluz hirió al marinero en la sien derecha. Hendrijk se
desplomó contra la mesa, mientras el mono, lanzando agudos chillidos de
espanto, buscaba refugio en su blusón.
**
Al
día siguiente, unos transeúntes que habían oído gritos extraños procedentes de
un cottage de las afueras de Southampton, avisaron a la policía, que llegó rápidamente
y forzó las puertas, encontrando los cadáveres de la joven dama y del marinero.
El mono salió bruscamente del blusón de
su amo y saltó a la cara de uno de los policías. Tanto los asustó, que éstos
dieron unos pasos atrás y lo mataron a tiros antes de atreverse a acercarse de
nuevo.
La
justicia informó. Pareció evidente que el marinero había matado a la dama y
luego se había suicidado. Sin embargo, las circunstancias del drama parecían
misteriosas. Los cadáveres fueron identificados sin dificultad, y la gente se
preguntaba cómo Lady Finngal, esposa de un par de Inglaterra, pudo haberse
encontrado a solas en una aislada casa de campo de las afueras con un marinero
llegado la víspera a Southampton.
El
propietario de la finca no pudo dar ningún informe satisfactorio para orientar
a la justicia. El cottage había sido alquilado ocho días antes del drama por un
tal Collins, de Manchester, a quien, por otra parte, no se pudo encontrar.
El tal Collins usaba anteojos y lucía
una larga barba roja, que muy bien podía ser postiza.
El
lord llegó de Londres a toda prisa. Adoraba a su mujer y la desesperación que
exhibió inspiraba lástima. Como todo el mundo, no comprendía nada de este
asunto.
Después del hecho, se retiró de la vida
mundana y vive en su casa de Kensington sin otra compañía que un doméstico mudo
y un papagayo que repite sin cesar:
–¡Harry, soy inocente!
Apollinaire, Guillaume.
El Crimen casi perfecto. Roberto Arlt
La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían
mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce
de la noche (la señora Stevens se suicidó entre siete y diez de la noche)
detenido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de
tránsito. El segundo hermano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister
desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en
cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del
laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía., donde estaba adjunto a la
sección de dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso de caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la
suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó
de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos
de la tarde, los hombres se retiraron.
Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que
servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del
departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que
recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la
tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la
señora Stevens el diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de
matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las
libretas donde llevaba anotadas las entradas y salidas de su contabilidad
doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con
algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky,
y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A
continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir
trató de ponerse de pie y cayó sobre la alfombra. El periódico fue hallado
entre sus dedos tremendamente contraídos.
Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas
pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar,
este proceso de suicidio esta cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los
funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar
congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo,
únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no
contenía veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía
presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la
copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel
donde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el
presunto asesino no podía saber se la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La
oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía
veneno adherido a sus paredes.
El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las
llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por
su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un
periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba
mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis
superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro
gabinete de análisis, no cabía dudas. Únicamente en el vaso, donde la señora
Stevens había bebido, se encontraba veneno. El agua y el whisky de las botellas
eran completamente inofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era
terminante; nadie había visitado a la señora Stevens después que él le alcanzó
el periódico; de manera que si yo, después de algunas investigaciones
superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado,
mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar
el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido
asesinada, y había un indicio que lo comprobaba:¿ dónde se hallaba el envase
que contenía el veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?
Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir
la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba
extraordinariamente sugestivo. Además había otro: los hermanos de la muerta eran
tres bribones.
Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron
de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta
resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje.
Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa
suma a su favor,; en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario , pero estaba
descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión,
convicto de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la
industria lechera, se ocupaba de los análisis.
Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado
tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer
extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello
totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa
alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa
estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel
“accidente” la viuda hubiera vivido cien años. Suponer que una mujer de ese
carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturaleza humana. Su muerte
beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en
las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al
verse engranada en un procedimiento judicial.
El cadáver fue descubierto por el portero y la sirvienta a las siete de la
mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban
aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de
la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban
en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la
tarde abandonaba yo la habitación que quedaba detenida la sirvienta, con una
idea brincando en el magín: ¿y si alguien había entrado en el departamento de
la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó
el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial,. pero convenía
verificar la hipótesis.
Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada
: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.
Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba
(diré una enormidad) no policialmente, sino deportivamente. Yo estaba en
presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que
había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en
la nitidez de aquel vacío.
Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en
mis conjeturas, que yo. que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente
pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el
whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el
vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito
quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad,
llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí apresuradamente
a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba
grandes saltos en mi cerebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me
senté frente a ella y le dije:
- Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba
el whisky con hielo o sin hielo?
-Con hielo, señor.
-¿Dónde compraba el hielo?
- No lo compraba , señor. En casa había una heladera pequeña que lo fabricaba
en pancitos. - Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.-
.-Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo,
estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.
Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida el químico
de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en
el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de hielo. El químico
inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos
minutos pudo manifestarnos:
- El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua
envenenada.
Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado.
Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el
fusible de la heladera (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito
congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que
aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito
de hielo (lo cual explicaba que el palto con hielo disuelto se encontrara sobre
la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó poderosamente debido
a su alta concentración. Sin imaginarse que la muerte la aguardaba en su vicio,
la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky
suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.
No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su
casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos
informaron que llegaría a las diez de la noche.
A las once, yo, mi superior y el juez nos presentamos en el laboratorio de la
Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo, levantó el brazo
como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se
desplomó inerte junto a la mesa de mármol. Lo había muerto de un síncope. En su
armario se encontraba un frasco de veneno. Fue
el asesino más ingenioso que conocí.
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